Cuentos en y debajo del Banco

(Observaciones hechas en la fila para pagar impuestos y servicios del Banco Provincia)

Mujeres con joroba

Se cruzan en el Banco, se miran, se reconocen y se alejan. Ambas parecen tener sus cabezas incrustadas en el torso. Una es alta, cabello corto rubio, ojos pequeños casi juntos. La otra más baja, morocha, ojos grandes y rasgados. Cargan la misma mochila. Nadie las mira, el mundo permanece indiferente al dolor ajeno. Ellas agradecidas. Hay dolores que no toleran ser espiados.


Grandes hombres azules

Entran juntos al Banco. Se paran en el último lugar de una larga fila. Una fila cuyo principio no se divisa desde el lugar en el que ellos se encuentran, discuten sobre algo y uno cambia de fila. Se miran y se miden en paralelo. El mas joven sonríe, está seguro de que su fila llegará antes a la ansiada caja. El mayor no sonríe. Mira a su hijo, la remera con el logo de la empresa familiar y recuerda. El eligió el color de la tela para esas remeras que los dos llevan puesta y entonces sonríe y se olvida del tiempo, de los dolores, del aburrimiento de esa espera y de todas las esperas.

La niña que perdió un botón

El botón se desprendió de la blusa y comenzó a rodar por el piso encerado. La dueña de la blusa lo corrió por todos los lugares por los que anduvo, hasta que lo perdió de vista y se puso a llorar. La madre solícita se acercó y la consoló, buscó en la cartera y sacó otro botón igual al perdido. La niña lloró más fuerte, quería el que se perdió, que aunque igual era distinto.

El mundo anda en ojotas

Desde mi espacio, cómodo y húmedo, alejado de la superficie pero con acceso a ella, puedo ver todo lo que ocurre allí. Me encuentro a los pies del mundo, y como historiador que soy, he decidido hace tiempo llevar un registro. Mi registro es quizás un poco superficial, y también excesivamente específico. Ya que se ocupa de la moda y no de toda la moda, solo de la moda del calzado. Estoy desde hace muchos años, no puedo decir cuantos porque de eso no llevo registro, observando y anotando las características de los zapatos, zapatillas, botas, sandalias, chinelas, etc., que usan los seres humanos, en las diferentes épocas. Como soy un poco quedado, a veces pasan décadas, sin que regrese a mi puesto de observación. Y eso ocurrió esta vez. Ocurrió que hacia treinta años que no volvía a la superficie. Cuando lo hice el miércoles pasado, no puede evitar sorprenderme, al notar que casi todo el mundo usa ojotas. Tomé mi cuaderno y anoté con pulcra y correcta caligrafía los resultados de mi investigación, y ésta vez si puse fecha, porque me pareció importante: 23 de octubre de 2008:” En estos tiempos el mundo anda en ojotas”.-

Dos cuentos para un dolor

1.-Milagros



Un señor me dijo una vez que los milagros ocurren porque la gente los espera. Y agregó que su variedad es tan extensa que es imposible clasificarlos, enlistarlos, etc. Está bien que cuando este señor me hizo este comentario no existían las computadoras familiares, gracias a las cuales una persona si quisiera podría sentarse todos los días y agregar algún tipo de milagro, conocido de antes, recién aprendido, aprehendido o recordado. Acerca de la materia de la cual están hechos no hablamos, quizás porque yo pensaba en aquella época que de esas cosas no se habla, quizás porque al señor le aburría hablar del tema (lo vi bostezar dos o tres veces en el transcurso de la charla), pero si hablamos de las causas. Y después de enumerar una larga lista de sus posibles causas yo sentí dentro mío que quizás ellas eran parte de la sustancia de los milagros, y aún la sustancia misma. Pero después pasó el tiempo y me olvidé de esa charla, del señor y también de que en una época yo no osaba hablar de ciertos temas.

Y hoy sentada en el umbral de mi casa, lo recordé. Y recordé aquella lista de causas. Una, la que más me inquietó, era el dolor. Uno desea que ocurra un milagro cuando algo le duele. Los dolores son de diverso tipo, y aún cuando físicos alteran el espíritu de las personas. A veces nos duele algo que alguien nos hizo. Una actitud, una deslealtad, una estafa moral y de las otras. Pero siempre que nos duele, es porque esa persona nos importaba. A veces nos duelen cosas que nos pasan y aún cosas que no nos pasan. Es en esas ocasiones que uno espera que ocurra un milagro. Que desaparezca el dolor, el dolor que se instaló allí y no desaparece. Porque para las pc hay antivirus, pero no existe el antidolor, que podría ser una especie de dispositivo que colocado bajo la piel, nos ayude a prevenir el dolor, haciéndonos dar un paso al costado para evitar que este se estrelle contra nosotros, lo invada todo y se instale de una manera abrupta y desconsiderada dentro nuestro.

Otra causa –y esta me gustó- son las esperanzas de las personas. La gente muchas veces desea cosas que no puede tener, entonces espera que ocurra un milagro. Un milagro es un niño que nace cuando no se lo esperaba (y no digo deseaba), cuando los padres pensaron que aún deseándolo tanto era un imposible. Y no voy a dar otro ejemplo, porque el del niño me parece el más genuino de todos los que se me ocurrieron. Nace un niño muy deseado, pero imaginado como un imposible y eso es un milagro.

Una amiga muy seria y formal me dijo el otro día que en un país muy lejano que se encuentra al Norte, un grupo de señores con traje y corbata se encuentran sentados frente a las pantallas de sus computadoras, esperando que suceda un milagro. Pero de esos milagros no hablo porque desconozco el tema, aunque sospecho que como posiblemente el milagro esperado por ellos carece de sustancia nunca llegue a ocurrir.

La pequeña

Cuando ella nació su madre le escribió un poema que olvidé pero que hablaba de nubes de algodón y algodón de azúcar. Algo así como:”Mi pequeña, anda entre nubes de algodón y se alimenta de algodón de azúcar”. Cuando lo leí pensé que era peligroso que una niña tan pequeña anduviera sola por las alturas y que no era saludable que comiera algodón de azúcar, pero cuando leí el poema yo era joven y no entendía muy bien las metáforas. Después cuando fui mas grande llegué a entender algo de todo eso, pero no le vi la utilidad. Hoy sentada frente a la cuna de mi hija, mirándola mientras duerme, pensé en las nubes y los algodones de aquella pequeña y sentí un dolor en el pecho que me hizo llorar y desear desesperadamente que ocurra el maravilloso milagro de que mi pequeña pueda caminar entre nubes de algodón y alimentarse de algodones de azúcar.

María Garay 12/10/08